lunes, 12 de enero de 2009

25 años de democracia

Comenzamos 2009 con una gran alegría, pues lo hemos hecho viviendo en una democracia que había cumplido en Diciembre pasado 25 años sin interrupciones. Lo cual es un dato de gran trascendencia e importancia dado el contexto de la historia del siglo XX de nuestro país.

El análisis arriba expuesto no es original ni mucho menos, pero merece por su importancia ser reiterado hasta casi el cansancio, no sólo mediante la mera repetición de su enunciado, sino también recurriendo a una búsqueda de una reflexión profunda y minuciosa.

Durante el año 2008 a los argentinos estuvimos sumidos en una serie de polémicas, debates arduos que derivaron incluso en situaciones de extrema tensión. Dichos encendidos y extremos conflictos de intereses, aún hoy dejan secuelas en la vida institucional, económica y social.

No obstante, ello no debe opacar la celebración por la vigencia democrática, sino que por el contrario, se constituye como un elemento tendiente enriquecer sin lugar a dudas los fundamentos por los cuales el estado de ánimo deberá –aún en medio de grandes dificultades- ser de satisfacción y aprobación hacia el sistema democrático.

A pesar de todos los contratiempos y desencuentros sucedidos, es imperativo regocijarnos del hecho que aún en una situación de tensión social extrema, y ante hechos imprevistos que pusieron en jaque todo el sistema, éste respondió, y la cuestión se descomprimió dentro del camino de las propias instituciones.

Aún con sus imperfecciones, el régimen republicano y democrático es muy superior a todo otro sistema de organización ensayado. La sucesivas interrupciones al orden constitucional que hemos sufrido, lejos de ser remedios contra hipotéticas ineficiencia o inoperancia de los gobernantes democráticos han sido en gran parte responsables del mayor daño a nuestras instituciones.

Ni hablar de las víctimas que perdieron su vida, su libertad y su propiedad a cargo de las tiranías de quienes se arrogaron un derecho superior a la Constitución y tomaron el poder por medio de la violencia. Dichos bienes despojados de sus titulares por un Estado dominado por usurpadores del poder, sin un juicio justo, y ningún tipo de garantías legales, al mejor estilo de las más bárbaras y primitivas civilizaciones. Aún así, me veo en la obligación moral de repetir algunos conceptos que quizás muchos ya descalifiquen por entenderlos comunes, o por descreer lisa y llanamente de los mismos. Estos conceptos que quiero resaltar son la idea de la supremacía de la democracia por sobre todos los actuales sistemas de organización del gobierno y del poder conocidos. No hablo en términos absolutos, pues sería iluso declamar que no existirá nunca en el futuro ningún sistema mejor, y que definitivamente no existen dudas que como toda construcción del intelecto humano, es perfectible.


En otras palabras y para expresarlos en términos de un “pesimista” se podría decir que sin lugar a discusión el régimen democrático-republicano es el “menos malo” conocido hasta el momento. De todos los sistemas que han sido teorizados y experimentados, es éste el que permite una mayor reducción de daños, un mayor control de aquellos que detentan el poder y el que otorga mejores mecanismos para corregir desbordes de poder.

Muchos dicen que descreen de la democracia presentando como prueba contundente la sucesión de fracasos y desencuentros sufridos por nuestro pueblo desde el retorno de la misma: corrupción, devaluación, hiperinflación, jubilaciones miserables, crecimiento de la pobreza e indigencia, inseguridad, desempleo y muchas otras más. Pero a ellos les digo : sólo hagan el ejercicio mental de imaginar situaciones similares sin democracia, y fácilmente detectarán que hubiesen sido muchísimo peor. Asimismo, el origen la gran mayoría de esos males puede ser encontrado en una época de interrupción de la democracia. En efecto el crecimiento desmedido de la deuda externa, el cierre y destrucción de la industria nacional, una guerra contra una potencia occidental aliada histórica de los Estados Unidos, entre otras catástrofes fueron provocadas por la Dictadura.

Mas allá de todas las falencias, y de la desesperación que a veces es causada por un constante bombardeo mediático de malas noticias (que sin lugar a dudas no es culpa de los medios, porque la principal causa por las cuales los medios destacan las malas noticias y los desastres por sobre las buenas noticias es precisamente porque nosotros, los ciudadanos, el pueblo consume aquellas) es en la democracia el ámbito en el cual hemos pacifica y comunitariamente ensayado principios de soluciones a los problemas de los argentinos.

El conflicto del campo derivó en una mayor participación y un saludable recupero de funciones del Congreso Nacional: así como con el Voto no-positivo de Cobos se consagró una mayoría que hizo caer la resolución 125, también una mayoría parlamentaria que no fue sólo oficialista – ya que contó con el vital apoyo del socialismo- hizo caer el régimen de las AFJP, medida de gran trascendencia para la vida del país y quizás como la reforma más importante de las Administraciones Kirchner-Fernández de Kirchner. Y como ellas, otras medidas tales como los planes anti-crisis, la promoción de repatriación de capitales, etc., se fueron tratando -como corresponde- en el Parlamento y más allá que estemos de acuerdo o no con el resultado de las votaciones, el sólo hecho de ser tratados en el Congreso (evitando la mala tendencia que venían sentando distintos presidentes de utilizar decretos de necesidad y urgencia y/o decretos por delegación de facultades legislativas) implican un notable avance en lo institucional.

Con respecto a las sospechas de corrupción, no está demás remarcar que la corrupción no es un atributo exclusivo de gobiernos democráticos: depende de factores culturales, sociales y de los controles que existan, pero aún así es muchísimo menor en sociedades democráticas (sino creen mis palabras pueden consultar un mapa de la corrupción de Transparency International que demuestra claramente como los mayores índices de corrupción se verifican en regimenes comunistas, dictaduras, teocracias y otros regimenes totalitarios) En una sociedad democrática, se puede denunciar libremente, se puede hablar sin temor a una represión estatal y los ciudadanos tienen derecho a participar en la toma de decisiones. Todos estos elementos permiten que se fomente una cultura y tradición que va a tender hacia la trasparencia. La alternancia pacífica de quienes detentan el poder político es un elemento simple y sencillo, pero constituye la piedra basal para una sociedad libre y virtuosa, capaz de aprender de sus errores y avanzar en la depuración de sus vicios.

Sólo la democracia establece las bases para erradicar el gran flagelo de la corrupción ya que los ciclos de cambio de poder permiten que con mayor facilidad se investiguen y juzguen supuestas irregularidades de una administración, al alternarse quienes detentan el poder -ya que mientras una administración está en ejercicio es innegable su influencia sobre los ámbitos judiciales- (Esto seria impensable en una dictadura, una monarquía o un régimen de partido único como el Comunismo, en todos esos casos la impunidad sería infinitamente mayor, ya que las posibilidades de investigar y mucho menos juzgar actos irregulares cometidos por los gobernantes dependerían de un cambio violento de gobierno, la muerte inesperada de algún cabecilla, o el estado de ánimo del déspota)

Muchos dirán que hay quienes han sido corruptos y ahora están libres: a ellos debemos decirles que el único encargado de impartir justicia es el Poder Judicial. Cada ciudadano es libre de opinar y hacerse oír, pero no tiene capacidad para arrogarse funciones judiciales. Quizás el sistema Judicial tenga tiempos que no se ajustan a la velocidad de la sociedad de la información, y también seguramente muchas falencias, pero no podemos sobredimensionar el valor de las denuncias mediáticas y de meros rumores por sobre el veredicto de los jueces de la Nación. No digo que éstos sean infalibles, pero para que se erradique la corrupción de una vez por todas y para evitar que simplemente sean “cazas de brujas” cuyo efecto sea el de intercambiar unos corruptos por otros corruptos, deberemos dar total apoyo al sistema de Justicia en lo que de nosotros dependa. Debemos como ciudadanos interiorizarnos no sólo en los titulares de diarios y las noticias sino también en las diversas causas judiciales y en los pormenores del expediente, si es que vamos a emitir una opinión pública, pues no podremos razonablemente exigir justicia si partimos de hechos falsos, acusaciones sin fundamento o de una campaña de desprestigio.

Pillajes y excesos en aquellos que detentan el poder existieron siempre, pero sólo la democracia ofrece la garantía que la ambición de uno, algunos o muchos no se descarriará sin límites.

Es por ello también que todos debemos contribuir a reconstruir la confianza y el respeto hacia las fuerzas de seguridad. La Dictadura –a pesar que muchos parezcan desconocerlo- afortunadamente ya terminó : hoy las fuerzas de seguridad son del sistema democrático. No podemos seguir desconfiando del policía y sin prueba alguna mantener la sospecha genérica que todo policía es corrupto, ineficiente o que simplemente no le interesa cumplir su función. Cada uno de los ellos ejerce una función noble, respetable y hasta loable: está defendiendo la seguridad de todos nosotros, está “poniendo el pecho” para que nuestra vida, libertad y propiedad no sean injustamente dañadas o perturbadas. Es una locura “pagarles” con una actitud de sospecha y desconfianza. El actual recelo hacia ellos pervierte los roles básicos en la sociedad, destruyendo la imagen básica del bien contra el mal, y con ello incrementa la confusión que hará crecer aún más la corrupción.

Lo mismo puede decirse de las fuerzas armadas. Nuestros militares hoy cumplen el honorable y patriótico rol de defender nuestra Nación, y por ello les debemos el respeto y orgullo. La defensa es un rol básico en todo Estado soberano y si bien no debemos olvidar nunca los crímenes cometidos por un grupo de individuos descarriados que tomaron el poder por las armas –obviamente sin eludir responsabilidad de los sectores civiles que también apoyaron el pillaje a las instituciones-, tampoco debemos hacer hincapié siempre en la parte más nefasta de su historia, sino también celebrar y admirar la gloria de patriotas que defendieron nuestra Nación, lucharon por nuestra independencia, defendieron la integridad del territorio en Malvinas (si bien no estoy de acuerdo en el hecho de declarar esa guerra, que fue un error terrible, nunca podemos dejar de reverenciar a nuestros héroes que han dado su vida por la patria)

Es por todo esto que creo, que debemos celebrar la democracia, con alegría pero también con la convicción de su conveniencia y con un firme compromiso de aportar nuestro “granito de arena” para mejorarla y hacerla más plena. Debemos comprometernos por profundizar el respeto, la tolerancia, el trabajo en conjunto en miras del bien de todos. Debemos aprender a honrar las instituciones y la investidura de quienes cumplen funciones, con respeto y con decoro, ya que el vituperio y el insulto en nada contribuyen a solucionar los problemas sino al contrario, operan como una retroalimentación de los mismos. Respetar a la Presidencia y Gobernadores, a los Honorables Legisladores, los Jueces de la Nación, los funcionarios de las Fuerzas Armadas, policiales y de seguridad. Debemos acostumbrarnos al otro, al diferente, a la opinión en contrario, en disidencia, sin tildar a nadie de traidor, corrupto, peroncho, sindicalista, cabecita, oligarca, negro, villero, y todos esos horribles calificativos que son tan usuales para utilizamos los argentinos para descalificarnos entre nosotros.

Por todo ello, queridos amigos quiero concluir esta fuerte defensa de la democracia con un mensaje de esperanza y de paz, señalando que la acción persuasiva, perseverante y paciente es la que ayudará a cambiar definitivamente los vicios que asolan a nuestro país, y que por ello mismo la acción violenta, unilateral e irreflexiva sólo los incrementarán. En consecuencia, y en honor a la virtud cívica democrática que tenemos construir entre todos, me permito pedir humildemente a los Asambleístas de Gualeguaychú que depongan la actitud antidemocrática, violenta e ilegal de bloquear las vías normales de comunicación de nuestra querida Nación. El corte de ruta es violento, irracional y perjudica a quienes menos culpa tienen en dicha situación, a los más débiles. Es hora de tomar una actitud mas seria, más madura y más democrática. Cada corte de ruta es un error impagable y una mancha en nuestra vida y tradición democrática. Cada corte de ruta -lo haga quien lo haga- es una verguënza, pues es un fiel testigo que la violencia ha prevalecido sobre el diálogo, sobre las formas pacíficas y democráticas de resolver las cuestiones.