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martes, 12 de julio de 2011

"Gorilismo de izquierda"


A fines de 2007, poco tiempo despúes de las elecciones presidenciales, la Dra. Elisa Carrió sorprendió a la sociedad con uno de sus conocidos exabruptos al referirse al resultado de dichos comicios. En dicha oportunidad, la acérrima dirigente opositora había afirmado que las clases altas y medias (quienes acompañaron a su espacio con el voto) debían ser la "fuerza de rescate" de las mayorías (pobres) que habían sido decisivas para otorgar el triunfo a la lista de su contrincante (la hoy Presidente Cristina Fernandez), arguyendo que éstas mayorías habían votado en tal sentido por culpa de la ignorancia, la miseria y el clientelismo. Sin lugar a dudas, dicha opinión estaba cargada de resentimiento por la derrota, soberbia y falta de respeto hacia los electores.

Cuatro años más tarde, a pocas horas de la contundente victoria del partido Propuesta Republicana (liderado por Mauricio Macri) en la primera vuelta de las elecciones para Jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, el artista rosarino Fito Paéz provocó revuelo en la escena político-mediática al desarrollar en una columna de un matutino capitalino exabruptos de idéntico tenor, incluso con mucho menos sutileza que la dirigente de la Coalición Cívica, agraviando directamente a los votantes del espacio liderado por el Ingeniero Macri.

El conocido músico afirmó haber sentido 'asco' por la mitad de los habitantes de la Ciudad Autónoma, motivando su sentimiento en el simple hecho que dicha mitad había votado por Macri. En otras palabras, lo que causó asco a Páez fue ni más ni menos que el libre ejercicio del derecho de los ciudadanos de elegir a sus gobernantes y representantes.

En 2007 consideré que las palabras de Carrió gravemente despectivas y cargadas de gran soberbia, constituían un claro ejemplo de una opinión con efectos destructivos al régimen democrático y respetuoso al Estado de Derecho que debíamos entre todos construír.

Hoy, las mismas objeciones podemos efectuar ante las poco felices frases de Páez y otros referentes que se expresaron en idéntico sentido. Criticar o desmerecer al elector resulta un craso error en la construcción de una sociedad abierta y pluralista.

En 2007, los epítetos de Carrió podían ser encuadrados dentro de una corriente de ideas puramente local denominada "gorilismo". Más allá de la imprecisión de la denominación, podemos caracterizarla como aquella posición política definida por un categórico y emocional rechazo al movimiento peronista. Quizás tal sentir se generó por la resistencia a algunas de las medidas de gobierno del General Juan Domingo Perón, el cual si bien fue democráticamente elegido, había adoptado algunas prácticas con tintes de autoritarismo, tal vez influenciadas por el fascismo italiano. Sin embargo, de alguna manera, la reacción fue mucho peor: el anti-peronismo desarrolló y engendró una ideología de corte racista, discriminatoria y reaccionaria, construída en torno al odio hacia el "peronismo" conformado por quienes calificó de modo peyorativo como "negros" o "cabecitas negras". Dentro de este grupo se comprendía en gran medida a las personas que migraron en la década del 1930 desde el campo a las grandes ciudades y se incorporaron como obreros industriales.

El "gorilismo" de entonces hizo gala de su superioridad para denigrar y denostar al voto popular, al voto del cabecita: para ellos sólo era válido el voto de las clases medias y altas urbanas, de las metrópolis cultas e instruidas, mientras que el voto de las provincias, de las zonas populares, de quienes no tuvieron igual oportunidad de instruirse o cultivarse, de las clases trabajadoras del conurbano bonaerense, etc., no era representativo ni digno de respeto, ya que por su propia miseria, "no sabían elegir a sus gobernantes".


Quizás por esas cuestiones paradójicas de la historia nos encontramos hoy ante el surgimiento de un nuevo tipo de "gorilismo": el gorilismo de izquierdas. Ahora ya no anti-peronista, sino anti-"derecha", como si la derecha no fuera una opción válida, necesaria para la pluralidad y apertura que exige la vida en democracia. Es decir, ahora Fito denosta y deningra a quienes no votan como él, acusándolos de derechistas, egoístas, cerrados en sí mismos, y demás tipo de agravios que poco aportan a mayores niveles de convivencia y conciencia democráticas. Para decirlo de otra manera, su opinión demuestra que es intolerante con quienes no comparten su forma de pensar y sentir.

El peligro del "gorilismo" (de ambos sentidos) radica en su ataque al corazón mismo de un concepto clave y verdadero pilar sistema democrático y plural: la soberanía de la voluntad popular. En este sentido, nuestra historia nos ha demostrado que el veto al voto de las mayorías de "cabecitas negras" derivó en la proscripción del partido justicialista, mutilando la representación política de millones de Argentinos, lo cual a su vez generó enormes tensiones y a la postre, violencia.

El voto del ciudadano de Ciudad Autónoma vale tanto como el de su compatriota del conurbano profundo, aquel de las provincias más alejadas y como el de quien reside en nuestra ciudad de Rosario. Por tanto, hay que cortar con la soberbia de criticar al elector. La mayoría de los ciudadanos porteños que Paéz critica ha ejercido en buena ley su derecho de voto, apoyando a Mauricio Macri, quien representa una opción plausible de ser ubicada como derecha democrática dentro del espectro político y que debe dejar de ser una 'mala palabra' en el imaginario de algunos. Cabe recordar que la "derecha" gobierna ni más ni menos que países como Dinamarca, Reino Unido, la República de Francia, Alemania, Países Bajos y Suecia, todos ellos altamente democráticos y que lucen una excelente performance en materia de respeto a los DDHH. En contraste, la "izquierda" gobierna de modo despótico y totalitario a la hermana República de Cuba.

Respetando el derecho ajeno es como más contribuimos a reafirmar el propio. No será posible continuar con el camino de construcción de una sociedad democrática y respetuosa de los Derechos Humanos, si antes no abandonamos la pésima práctica de descalificar o desmerecer al otro. Las elecciones del pasado Domingo en Ciudad Autónoma se han desarrollado de manera transparente, libre y en el contexto de una normalidad institucional: ello es suficiente motivo para renovar nuestra confianza en esta forma tan maravillosa de vida que es la Democracia republicana.

Patricio E. Gazze


martes, 8 de marzo de 2011

El paraíso perdido del liberalismo.

Thomas Hill Green (1836-1882) Filósofo y político inglés liberal.


El liberalismo, al menos en nuestro país, ha perdido su 'paraíso': queriendo significar con esto que ha desaparecido su utopía, su encanto, su riqueza intrínseca de valores que motivan a adherir a esta importantísima línea de pensamiento. Atestigua ello, el hecho que gran cantidad de nuestra población encuentra al término con una connotación negativa, identificándolo con una tendencia política anti-'nacional', anti-'social' y anti-'humana'. Podríamos coincidir que en cierta forma es anti-social, entendiendo que parte de una concepción filosófica que pone el énfasis en el individuo particular antes que en la sociedad como totalidad de la que el individuo participa. También podríamos reconocer que es anti-nacional pero sólo en el sentido que tiene vocación de apertura, internacionalismo y brega por una libertad irrestricta de circulación de bienes y de personas (de personas sí). Pero traicionaríamos los mismos principios del liberalismo si pretendiéramos escindirlo de su carácter humanista. Y esto es en definitiva lo que creo ha sucedido.

En efecto, en su nacimiento del liberalismo enarboló las banderas de la libertad individual, de los derechos civiles, de la tolerancia religiosa, de la igualdad de derechos, la abolición de privilegios, elecciones libres, propiedad privada y un largo etcétera. Hoy, el liberalismo es asociado a ciertos factores que incluso llegan a poner en peligro aquellas antiguas banderas. Muchos de quienes hoy se reconocen como liberales han olvidado el corazón duro de la doctrina liberal y lo han sustituido por una ciega prédica de uno de los productos derivados del liberalismo: el libre mercado. Esta obsesión por el libre mercado ha llevado a defender la absurda idea de que es justificable -e incluso digno de admiración- un régimen político totalitario siempre y cuando abrace una economía "de mercado", y con ello resulta normal entablar relaciones comerciales multimillonarias con la despótica y totalitaria República Popular China: un régimen comunista. Claro, las elecciones libres, las libertades individuales, derechos civiles, libertad religiosa, igualdad de derechos y todas esas nimiedades parecen haberse convertido en nimiedades al lado de la única y verdadera libertad: la libertad de mercado. El pretexto utilizado es que el libre mercado irá introduciendo lentamente los valores de la libertad. A más de 20 años de la matanza de Tian' anmen, el régimen comunista de partido único sigue tan sólido y férreo como en aquel entonces, sin libertades civiles, fuerte censura en todos los medios de comunicación, incluso Internet y otra serie de violaciones a los derechos básicos. La silla vacía en la ceremonia de entrega del premio Nobel de la Paz 2010 al disidente Chino Liu Xiabo -confinado en una prisión de su país- es una imagen que ilustra el "avance" de la libertad en el suelo del gigante asiático.

Un verdadero liberal jamás defendería o haría la vista gorda ante la esclavitud, puesto que el núcleo duro del liberalismo predica la libertad de todos los seres humanos. Más a muchos liberales les importa un bledo el outsourcing a países en los cuales la gente trabaja en condiciones de semi-esclavitud o esclavitud plena.

Como si fueran poco estos ejemplos de verdadera "prostitución" que ha sufrido término liberalismo, usurpado por gente con nula preocupación por la libertad del individuo particular (punto de partida de toda la doctrina) es alarmante la incoherencia de lo que ha sucedido en nuestro propio país. En efecto, la República Argentina ha visto cómo supuestos "liberales" apoyaron dictaduras violentas, despóticas y corruptas que arruinaron la República y Estado de Derecho (y la economía), avalaron la supresión de los derechos civiles y políticos y han mirado para otro lado cuando tenían frente a sus narices aberrantes violaciones a los Derechos Humanos. La historia nos demuestra que la economía de mercado y el capitalismo sólo comenzaron a florecer en sociedades que iban incrementando su libertad religiosa, política y civil, y no a la inversa.

Un verdadero liberal hubiera puesto el grito en el cielo ante las dictaduras de Onganía, Levingston, Lanusse, y que decir de las de Videla, Viola y Galtieri. Aquí muchos de ellos se identificaron con ellos e incluso pertenecieron al funcionariado del gobierno usurpado. Con razón a muchas personas el término "liberalismo" les produce escalofríos... Por otra parte, la evolución y el desarrollo de la doctrina de los Derechos Humanos es una construcción que encuentra sus raíces en el liberalismo (John Locke, declaraciones de Independencia Norteamericana y Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano en Francia), e importa una culminación de la progresiva apertura y avance del reconocimiento de los derechos civiles. Pero en Argentina se ha forzado una interpretación tan arbitraria que olvida los fuertes vínculos entre liberalismo y Derechos Humanos, indicándose como "marxista"o "zurdo" a quien milite en la defensa de éstos.

Este 'olvido' del liberalismo político por los liberales argentinos (aferrados únicamente al aspecto económico) ha provocado en gran medida la gigante pérdida de adhesiones y simpatías que lo apartó de la ciudadanía. Incluso regaló a la izquierda luchas fundamentales y propias del liberalismo como la ampliación de derechos civiles, igualdad de derechos y defensa y lucha por los derechos humanos.

Por otra parte, éste "falso liberalismo" se ensaña con la idea del Estado como algo malo, como una estructura perversa que viola sistemáticamente los derechos y potencialidades de las personas, mientras que esto sólo es correcto cuando se trata de un estado totalitario y autoritario, y no cuando se trata de repúblicas democráticas como las que -con sus bemoles- nuestros antepasados han sabido conseguir en nuestro país, en la mayor parte de América y en casi la totalidad de Europa. Es verdad que un sano liberalismo velará por la mayor libertad y menor restricción en relación a la iniciativa privada y al libre desarrollo de la industria e ingenio personales, pero nunca hay que olvidar el norte: ello es así en razón que la propiedad privada de los medios de producción deriva en una estructura pluralista de la economía: el monopolio privado es tan nocivo como el monopolio estatal.

Esta idea del Estado-malo, además de ser una mera distracción de lo fundamental de la doctrina, olvida que, justamente el Estado Moderno surgió como consecuencia del liberalismo. Nacido de manos de la burguesía liberal floreciente en aquellos países donde la semilla de la libertad había comenzado a dar sus frutos, al Estado se le encomendó la misión de brindar las seguridades de tránsito, de comercio, personal, jurídica, y más tardíamente la llamada "seguridad social" necesaria para evitar que las diferencias causadas por la propia dinámica del sistema económico provocaran las condiciones para una revolución por parte de aquellos sectores vulnerables.

Por otro lado esa postura entraña una abstracción la realidad actual. Hoy, el Estado Liberal (democrático, con sistemas de 'checks and balances' y respetuoso de las libertades y derechos) tiene mínimo poder comparado con las grandes corporaciones que cada vez invierten más energías y esfuerzos en garantizar su hegemonía cercenando y destruyendo las mismas condiciones que le dieron origen: la libre competencia y las libertades civiles. Con el pretexto del liberalismo se pretende desmontar el propio mecanismo de autoprotección que el liberalismo ideó, y sin el cual, caeríamos en un corporativismo neo-feudal. Esta característica ya había sido advertida por Duverger quien la explica de la siguiente manera: "... La independencia del poder económico frente al poder político, en el régimen liberal , no juega siempre en favor de la libertad de los ciudadanos... El poder político depende de la elección y la representación popular; es, pues, democrático. Frente a éste, el poder económico sigue siendo aristocrático... pues se basa en la herencia, la cooptación, la conquista o el nombramiento por los detentadores del capital..." (Duverger, Maurice "Instituciones Políticas y Derechos Constitucional). Claramente, el Estado Liberal ideado por los intelectuales de la iluminación funciona como garantía y es el único que podrá asegurar la plenitud de las libertades que son pilares fundamentales del sistema.

Por todo ello, hay que recuperar el humanismo perdido del liberalismo y además destruir de una vez por toda la nefasta alianza (altamente contradictoria) entre "liberalismo" y "conservadurismo", tendencias políticas como bien señalara el propio Hayek, nada tienen que ver. "... Lo típico del conservador, según una y otra vez se ha hecho notar, es el temor a la mutación, el miedo a lo nuevo simplemente por ser nuevo; la postura del liberal, por el contrario, es abierta y confiada, atrayéndole todo lo qe sea libre transformación y evolución..." (Hayek, Friedrich A. 'Principios de un orden social liberal").

No soy partidario de permitir a los usurpadores continuar en la ilegítima posesión de lo que no les corresponde. Por ello, creo necesario que recuperar la bandera del liberalismo con todo el brillo y el poder que sus valores tienen. En efecto, en gran parte la sociedad abierta y moderna en la que vivimos es fruto de ese liberalismo humanista, que tenía plena fe en las potencialidades y en las virtudes de cada ser humano en particular. En esa creencia y convicción que cada ser humano es creado igual al otro, y por ende debe tener iguales derechos, aboliéndose todos los privilegios, posiciones abusivas y/o dominantes. Esa confianza en el futuro y en el cambio, esa apertura al continuo mejoramiento y libertad de todo tipo de opinión o idea, han sido fundamentales para el avance de nuestra especie.

Entendido el liberalismo de éste modo, en su carácter originario, claramente humanista y preocupado por las libertades individuales de cada ser humano para llevar adelante su proyecto de vida, y despojado de toda la manipulación ulterior que lo ha colocado peligrosamente cerca de su antítesis.

Tenemos que recuperar al verdadero liberalismo, al menos quienes creemos en él de modo 'integral' y 'humanista' apegado a aquellos principios que lo han dotado de una fuerza transformadora que logró hacer de la libertades civiles y públicas, el pluralismo, la democracia y la igualdad de oportunidades una realidad en muchas partes del globo a la par de terminar con el yugo de las corporaciones feudales y liberar el potencial infinito de la imaginación, la libre iniciativa y la genialidad humana. De nada nos servirá el mercado libre si no tenemos ciudadanos y seres humanos verdaderamente libres.

Patricio E. Gazze



domingo, 6 de diciembre de 2009

La importancia del respeto a la Libertad

"... El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella..."

Aquel pequeño párrafo del Evangelio según San Juan constituye, a mi entender, una hermosa máxima para la convivencia en sociedad. Es tan grande la enseñanza de la parábola de la "mujer adúltera" que resulta reprochable el modo en que la soslayamos y olvidemos en nuestra vida cotidiana.

El referido pasaje bíblico nos lleva a reflexionar sobre el concepto más profundo de libertad. En reiteradas ocasiones y en algunos momentos históricos en particular es usual oír como se intenta relativizar o cercenar el alcance del término "libertad", acompañando dicha intención con afirmaciones falaces tales como "...libertad no es libertinaje..." y otras argumentaciones que inducen a equívocos que no se corresponden con el real alcance de la libertad.

Cuando nuestro interlocutor apela a una distinción de ese tipo, muchas veces está ocultando su intolerancia frente a la expresión de las libertades de otros y buscando construir algún tipo de soporte argumental para justificar su supresión o limitación.

Comprender a los excesos, a la violencia o a la afectación de derechos de otros dentro del concepto de libertad, implica desconocer su naturaleza y es intrínsecamente tendencioso. La libertad a la que me refiero es la libertad en su sentido más puro, la que se encuentra dentro del cúmulo de posibilidades y elecciones de un sujeto que no alteran el ámbito de otro. Por ello cuando hablo de ejercicio de la libertad, no la confundo con un "piquete" o un "escrache", ambas prácticas violentas y que implican el ejercicio de una acción que vulnera el ámbito de libertades de otros sujetos. No son manifestaciones de la libertad, sino de simple y burda violencia.

Y ello se relaciona con el relato bíblico pues éste habla de la libertad como condición esencial del ser humano. Incluso para equivocarse, para pecar. El ser humano, si bien sufre un sinfín de limitaciones o condicionamientos físicos, económicos, sociales, culturales y psicológicos, posee una gran ventaja: tiene la potencialidad de pensar que es libre y actuar en consecuencia. Y ello es lo que nos diferencia en última instancia del resto de la creación, del mundo en el cual nos encontramos inmersos.

La libertad es condición esencial para el desarrollo pleno de nuestra personalidad y dignidad. Incluso en sus errores. El mismísimo Jesús no vino a condenar a aquellos que pecaban, sino que se sentó y anduvo con ellos. Con mucho menos autoridad podríamos nosotros pretender juzgar o condenar a nuestros hermanos en sus yerros.

Por tal motivo, es importantísima la proyección de este ideal en la sociedad. Todos en algún momento de nuestras vidas ocupamos el rol de la "mujer adúltera", al cometer errores, al sostener valoraciones equivocadas o incluso estar convencidos de ellas. Aún así, nadie tiene el derecho a juzgarnos y quitarnos nuestra libertad por aquello que no los perjudica. Pues nadie está exento del error o de la equivoación. Somos todos seres falibles y que en nuestra búsqueda personal podemos tomar el camino errado. Es así que debemos estar plenamente seguros que aquellas conductas y convicciones que hacen a nuestro ser, a nuestra intimidad, a nuestros ideales políticos, religiosos, sociales y a nuestra cultura en general, deben encontrarse exentos de cualquier tipo de opresión o cercenamiento por parte de nuestros pares.

Organizados colectivamente, los seres humanos hemos llegado a crear la idea de Estado, ente que en el funcionamiento práctico -y dentro de un esquema liberal-democrático- deberá siempre y con todas sus fuerzas proteger la libertad de expresión para evitar la opresión política, debe ser eficiente en sus regulaciones para proteger la libertad de competencia y comercio y así evitar la opresión económica y debe darse leyes justas y otorgar un sistema educacional y de salud de calidad, para evitar la opresión social y de la ignorancia.

Y en ese sentido, mi mensaje no debe ser confundido. No estoy propiciando que como ciudadanos tomemos una postura displicente, ni tampoco quiero incitar a no cumplir las leyes o los castigos que la ley prevé. La ley debe cumplirse, las lesiones a los derechos de los demás deben ser siempre reparadas y retribuidas conforme a los procedimientos legales. Todo ello asegura la libertad.

El verdadero peligro se encuentra en aquellos que desean utilizar las leyes para cercenar las libertades individuales, con el objetivo de imponer su propio sistema de valores o consolidar alguna forma de opresión. La diferencia entre una regulación legal necesaria para coordinar las conductas de los ciudadanos y así asegurar la convivencia pacífica en sociedad y aquella que atenta contra las libertades de la ciudadanía es muchas veces muy sutil.

Por ello, creo que debemos estar atentos y desconfiar de toda apelación vaga o genérica al "bien común", a las "buenas costumbres" o a la "moralidad", pues tras ellas muchas veces se esconde el mísmo espíritu de aquellos ansiosos por apedrear a la mujer adúltera. No debemos forzar a los demás a vivir su vida conforme a nuestros valores, si no queremos que otros nos hagan lo mismo. Por ello siempre debemos ser respetuosos al calificar a los demás, al proponer nuevas regulaciones o al manifestar nuestras valoraciones, ideas o propuestas. No nos convirtamos en bestias totalitarias. Como conclusión, nuevamente creo importantísimo recurrir a la Biblia:

"... No juzguéis para que no seáis juzgados. Porque con el juicio que juzgáis, seréis juzgados; y con la medida con que medís, os volverán a medir..."


(Las citas son del Evangelio Según San Juan, cap. 8 -7, y del Evangelio según San Mateo, cap. 7-12)

Patricio E. Gazze

jueves, 5 de noviembre de 2009

Límites a los “Boliches”: un nuevo paso en detrimento de las libertades individuales.

“… Cuando la conducta de una persona no afecta más que a sus propios intereses, o a los demás en cuanto que ellos lo quieren (siempre que se trate de personas de edad madura y dotadas de una inteligencia común)… debería existir libertad completa, legal o social, de ejecutar una acción y de afrontar las consecuencias…”

John Stuart Mill , “Sobre la Libertad” (1859)

Ayer el Senado de la Provincia de Buenos Aires aprobó el proyecto de ley que impone límites a la actividad nocturna en dicha jurisdicción. No caben dudas que el Gobernador Scioli –al igual que mayoría de los representantes que han votado a favor- han tenido buenas y loables intenciones al concebir y promover semejante legislación: combatir el consumo de drogas ilegales, el alcoholismo, la inseguridad, y muchos otros males que la noche depara. Sin embargo, dicha iniciativa entraña un aspecto más oscuro que la noche misma: la pérdida de una libertad individual.

Mientras tanto, otras Provincias de la Nación ya han adoptado o se aprestan para adoptar medidas similares, imitando el ejemplo bonaerense. La iniciativa es presentada como una panacea para numerosos flagelos, soslayando su raíz claramente restrictiva de derechos individuales.

Quizás la cultura del miedo que impera en estos tiempos sea causante de una especie de un adormecimiento en nuestra capacidad para reconocer éstos ataques a las libertades, y que por ello, nos cueste tanto reaccionar ante un lento pero firme deterioro del ámbito en el cual somos libres.

El mecanismo perverso de dicha cultura del miedo provoca que seamos los verdugos de nuestra propia libertad. Ante la sucesión de una interminable cantidad de hechos violentos, trágicos, terribles e impactantes, ensayamos sólo un tratamiento superficial y nunca un análisis en profundidad. Dicha imagen precede siempre al mensaje desgarrador de sufrimiento de las víctimas con quienes nos identificamos, y compartiendo el estado de alteración emocional propio de dichas tragedias, concluimos en el clamor desesperado por una solución definitiva e inmediata.

Ello se traduce en una petición generalizada de nuevas y más graves restricciones a las libertades. Violencia, muerte, alcoholismo, promiscuidad, consumo de drogas, y otra serie de males, parecieran ser capaces de generar en nuestra sociedad (de igual modo en gobernantes y ciudadanos) únicamente la pasividad de la sorpresa, el horror de lo inevitable, y la indignación ante la injusticia, pero muy pocas veces provoca respuestas activas, responsables y razonables.

Ciertamente éste esbozo de solución que sólo entraña una nueva batería de limitaciones, cercenamientos y prohibiciones sin distinciones, dista de ser una medida responsable o razonable. Como tantas otras veces, los argentinos adherimos a propuestas que lejos de atacar las causas de los problemas, se concentran en sus efectos. Peor aún, muchas veces la verdadera intencionalidad subyacente no es la búsqueda de influir sobre el problema en sí, sino en la opinión pública en relación al mismo, intentando deliberadamente causar “golpes mediáticos” que simulen diligencia y eficacia.

El objetivo de ésta breve exposición no es justificar el descontrol, ni mucho menos cualquier tipo de delito o contravención, sino tan sólo poner en evidencia la pérdida de otra libertad más, sacrificada en virtud de una medida totalmente absurda y efectista que difícilmente tenga capacidad de modificar la realidad brindando soluciones reales.

Ello pues, no existe una sola razón por la cual a un individuo adulto, si así lo desea y a nadie perjudica con su accionar, pueda serle restringida su libertad de permanecer fuera de su casa hasta la hora que mejor considere. Del mismo modo, y siempre y cuando no se afecten derechos de terceros, será igualmente irrazonable y excesiva toda prohibición que altere la libertad de empresa del titular del establecimiento nocturno que desee ofrecer un servicio hasta la madrugada o incluso más allá.

Dificilmente pueda sostenerse que una diferencia horaria sea eficaz para impedir cuestiones tan graves como el uso de drogas ilícitas o el abuso generalizado del alcohol. También resulta ingenuo afirmar que la permanencia o salida anticipada del “boliche” vaya a detener la escalada de violencia. No existen dudas que dichos flagelos requieren una solución lo más rápida y eficiente posible, pero para ello deberá trabajarse sobre sus causas y no sobre aspectos tangenciales.

Sin dirigirse hacia la resolución de las causas, medidas como ésta implicarán restricciones en los derechos y en el disfrute de la libertad de quienes poco o nada tienen que ver con el problema. Así, quienes se desempeñen en turnos nocturnos -por ejemplo trabajadores y empresarios de la actividad gastronómica- o quienes simplemente tengan preferencia de salir tarde, serán privados gratuitamente de gozar del fruto de su trabajo como mejor lo consideren.

La vida democrática exige que los problemas se solucionen con mayor responsabilidad y no con mayor paternalismo e intervención estatal o social en nuestras libertades. La palabra "responsabilidad", es definida por el Diccionario de la Real Academia Española en su cuarta acepción como “…Capacidad existente en todo sujeto activo de derecho para reconocer y aceptar las consecuencias de un hecho realizado libremente…”. Constituye pues, una virtud inseparable que acompaña siempre al libre accionar.

Resulta sorprendente la similitud de dicha definición –que además surge del sentido común- con la sabiduría ínsita en la transcripción de John Stuart Mill al inicio de ésta reflexión, la cual establece una ligazón entre la noción de libertad y el “afrontar las consecuencias” de cada acto libre.

Los ciudadanos, familias, instituciones intermedias, y gobernantes debemos en conjunto procurar un esfuerzo para encontrar soluciones que permitan fomentar ejercicio de la libertad con responsabilidad, que impliquen “hacerse cargo de las consecuencias”. No sólo entre nosotros los adultos, sino también promoverlas entre la minoridad.

No es concebible que los argentinos al enfrentar una situación problemática optemos por establecer una nueva prohibición antes que por educar en libertad, que elijamos quitar a unos para repartir a otros, sin previamente proponernos generar mayor riqueza para todos. Pareciera que tenemos cierta debilidad hacia esquemas de negatividad, de prohibición, de paternalismo. Necesitamos recuperar la confianza en nosotros mismos y exigir más libertad sin eludir la responsabilidad que su ejercicio conlleva.

Ello implicará una actitud firme en defensa de nuestra libertad, y también una aceptación responsable de las consecuencias que acarrean nuestros actos libres. He aquí, quizás el aspecto más difícil. Libertad y responsabilidad se encuentran unidas por un vínculo sutil pero inseparable y si olvidamos ésta íntima relación entre ambas, nos seguiremos encontrando que seguiremos obrando del modo incoherente y contradictorio que nos caracteriza.

Las contradicciones que surgen de nuestra pasión por escindir la responsabilidad de la libertad las podemos encontrar en todo ámbito si analizamos con detenimiento nuestro comportamiento social. A modo de ejemplo; nos quejamos ante una suba de impuestos, pero a la vez exprimimos las arcas estatales exigiendo una cantidad inacabable de subsidios a los servicios públicos y combustibles; así también nos enfurecemos si una leyenda nos recuerda por ejemplo que el Gas domiciliario que consumimos está subvencionado por el Estado, olvidando también en dicho caso que si bien nos indigna la pobreza, no nos importa que el Estado nos subvencione dicho servicio mientras que los pobres lo pagan hasta tres veces más caro al comprar una garrafa. Nos escandalizamos cuando a nuestros hijos se les aplican sanciones o ante la existencia de un mínimo sistema disciplinario en los establecimientos educativos, mientras que al mismo tiempo exigimos al Estado que intervenga de modo paternalista tutelando el modo en el que se divierten, regulando incluso la hora de regreso al hogar. La lista de contradicciones que hemos llegado a protagonizar como ciudadanos es aún más extensa, pero en cada una de ellas encontramos un denominador común: la total falta de la responsabilidad por los actos propios.

Por ello, aún una cuestión que superficialmente luce tan banal como el establecimiento de límites en la noche, puede servir de disparador para remontarnos a las causas más profundas de algunos de los temas pendientes de nuestra sociedad.

Gracias a la falta de responsabilidad individual, y a la cultura del miedo que tanto nos apetece consumir, nos hemos encaminado por el sendero de la progresiva disminución de las libertades; un camino hacia una esclavitud moderna. Todavía estamos a tiempo de recuperar las riendas de nuestros destinos y retornar al sano ejercicio de una libertad responsable.

Por último, creo oportuno concluir recordando uno de los párrafos más bellos de nuestra Constitución Nacional : … Las acciones privadas de los hombres que de ningún modo ofendan al orden y a la moral pública, ni perjudiquen a un tercero, están sólo reservadas a Dios, y exentas de la autoridad de los magistrados…” (art. 19.)

Patricio E. Gazze